Bonifacio
Pisango, entre el descanso de purmas y la memoriosa memoria del tiempo
La Rama Torcida Editores, Lima 1999 |
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Se habla de los marañones legislativos sobre la Amazonia,
alrededor de trece mil leyes que regulan esta ecozona. Las aproximaciones
sobre ellas, las leyes, han sido enumeraciones y repeticiones sin
cesar casi siempre desde la superficie. No se acercaron al derecho
vivo. Este es un tema de trata de aproximarnos Miguel Donayre a partir
de un juicio de amparo de posesión porque las purmas del indígena
Bonifacio Pisango estaban descansando y habían sido perturbadas.
Lo interesante del juicio de amparo de posesión es el patrocinio
del agente judicial Santiago Cárdenas quien lograr conciliar
simétricamente los uso del derecho local – mapa legal
de mayor escala- con las regulaciones de un derecho de menor escala
una ley de 1845 que declaraba dueños absolutos a los indígenas
y otros que cultivaren tierras de la montaña.
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Las estrategias trazadas en los discursos
de los litigantes son analizadas en el juicio. Los argumentos elaborados
por el dueto Pisango / Cárdenas tiene un buen impacto en el
perturbador de purmas Antonio Guevara quien elude responderle directamente
y, recurre a otro razonamiento más positivizado. Hay mucho
por investigar sobre la propiedad de la Amazonia, nos dice el autor,
este texto es una muestra de ello. En ese sentido, la historia social
de la Amazonia necesita revisiones y saneamientos urgentes. Se ha
quedado en mentiras verdaderas y entre sombras, y la historia cauchera
no se ha librado de estos lugares comunes.
[A continuación se detalla el comentario sobre la obra,
publicado en el diaro “Pro y Contra” Diario Pro y Contra,
Iquitos 10 de junio de 1999]
EL INDÍGENA JURISPRUDENTE
El señor Hermenegildo Einturpa era un varón
aguaruna que en 1870 abandonó su dominio selvático para
realizar una escarpada y kilométrica expedición hacia
la distante y ajena Lima. La misión que llevaba a cuestas era
precisa y puntual: conseguir que don gobierno construyera una fortificación
en el territorio indígena tantas veces asediado por la canalla
depredadora. Entonces acudió al ruidoso y cacareador Congreso,
al cetro de los escaños y curules, al morro de la emisión
de leyes, para que actuara de intermediario ante el mandatario de
ese tiempo. Einturpa creía fervientemente en la justicia de
su causa y solidez de su argumento. Y después de recibir promesas
protocolares regresó muy contento a su reino. LA fortificación
desde luego no arribó nunca a la jurisdicción aguaruna.
32 años después otro indígena amazónico
desdeñó la cortesía del pedido emocionado, el
trámite de la gestión ilusionada, y decidió tomar
al toro por las astas para conseguir lo que quería, tal como
nos cuenta Miguel Donayre en el libro Bonifacio Pisando, entre el
descanso de purmas y la memoriosa memoria del tiempo.
Entonces corría el 9 de mayo de 1902 y en la ardiente ciudad
de Iquitos, el citado Bonifacio Pisando, presentó ante la administración
de justicia una demanda de posesión de sus parcela que alguien
había invadido como si tal cosa. En los laberintos legales
ya involucrado, consiguió lo servicios de un agente judicial,
Santiago Cárdenas, para que interpusiera sus buenos oficios
en el litigio que entonces comenzaba. La maquinaria del demandante
entonces se puso en marcha y en el escenario aparecieron testigos.
Todos ellos campesinos e iletrados como Bonifacio. Entonces se articuló
una peculiar estrategia de la defensa, asumiendo el código
ancestral la del necesario reposo de la tierra para recobrar energías
y el código establecido, la ley de 1845, emitida por Ramón
Castilla. La sustentación del agraviado fue demoledora. No
con pruebas o títulos, sino sólo con los testimonios
de los testigos citados para el caso.
El demandado Antonio Guevara surge entonces y redondea una de las
claves del litigio ocurrido hace casi un siglo. Porque es otro iletrado.
De esa manera miembros del país de los analfabetos entran en
conflicto y querella, se someten a los dictados de la ley natural
y establecida. Desde esa periferia social, desde esa exclusión
civil, todos ellos movilizan una serie de argumentos y razonamientos,
sin caer en la parodia del desdén. El perturbador del reposo
terrestre había comprado el terreno sin percatarse que tenía
dueño. Entre el error y la omisión, había desdeñado
el componente cultural de la purma. Entre el error y la omisión
había realizado una pésima inversión. Entre el
error y la omisión había perdido de antemano. En efecto,
ya sea por la contundencia esgrimida por la defensa, ya sea por el
peso de lo ancestral, ya sea por otros factores ocultos, Guevara abdicó
5 meses después de iniciado el juicio. La batalla de Bonifacio
Pisando fue ganada por la vía rápida, sin disparar un
solo tiro. Y todo ello en momentos en que la administración
de justicia en Iquitos era deficiente ¿Cómo ahora?
En el fondo de ese litigio fulminante bulle vivo y vital la victoria
de lo sagrado. EN la memoria del habitante de todos los tiempos de
estas comarcas frondosas, la tierra es sagrada. En sus alturas y sus
orillas, en sus cauces poblados y en sus predios solitarios, late
un sentido cósmico. El respeto reverente y el comercio cabal
con esa gran madre vienen desde antiguo y enseña a respetar
sus ciclos y sus dictados. Desde ese punto de vista, el litigio no
requirió de la ley de 1845. Era baste con invocar el reposo
de cualquier purma para consolidar la defensa. Eso funcionaba perfectamente
entre campesinos. Pero para mayor contundencia de la argumentación
del denunciante se requirió del derecho oficial. Entonces tempranamente
entre en funcionamiento el plurilegalismo tan presente en las entrañas
de este variado país.
El libro de Donayre, desde el campo del Derecho, desde el terreno
de la jurisprudencia, por otra parte, es saludablemente cuestionador
de algunos lugares comunes de la cuenca acuática. La historiografía
que se había petrificado en el hecho consabido, que repite
como papagayo los eventos consignados, sin apelar al esfuerzo de la
investigación o de la crítica, es puesta en el patíbulo
de su incompetencia. Una tarea titánica se impone para enderezar
el torcido puerto de ese datismo estéril, ese fetichismo caótico
y exasperante. Es cuestionado también el Derecho de museo que
se ufana de su ignorancia y que vive y trafica en los cerrados límites
de su sectarismo oficialesco. De igual manera cae por los suelos la
imagen de una ciudad pacífica, anodina y parrandera. El Iquitos
de comienzos de este siglo no es el ámbito bucólico
para el solaz del turista, el paisajito con sus mascotas idílicas,
la laguna lista para el postal donde todos viven en paz provinciana.
Y no hablamos de las rebeliones de la reyertas, sino del litigio legal.
La gesta litigante de Bonifacio Pisando, en un sentido más
profundo, nos otorga una visión más acabada y humanista
del indígena amazónico. En las obtusas mentes de muchos
todavía perdura el nativo flechero, ritualista y mágico.
Pero los estudios y aportes nos otorgan un nuevo rostro donde se conjuga
el indígena descubridor, histórico, tecnológico,
etc. Donayre agrega el genio y la figura de un indígena apto
para emprender la batalla legal, para ingresar a los predios del litigio,
apelando a la sabiduría cotidiana y a los mecanismos establecidos
de la legalidad. La lección es impresionante: sólo así
un súbito de la patria de los excluidos puede actuar en la
patria excluyente.
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Percy Vílchez Vela
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